
La Función de la Comida
Siempre que uno piensa en mejorar sus hábitos de salud, automáticamente dirige el 100% de su energía hacia dos de ellos: la comida y el ejercicio. Esto pone de manifiesto una realidad asombrosa en los tiempos que corren, que no es otra que la gente no tiene ni la más remota idea de manejar su propia salud. En parte, porque (ejercicio a parte) no saben para qué sirve comer ni lo que la comida hace por ti. Y resulta que no, la función de la comida no es proporcionar energía. La razón principal es que procesar toda esa comida y utilizar sus productos finales, consume demasiada energía. Para algunos científicos históricamente muy importantes, más de la que aporta. ¿Por qué? Pronto lo vas a comprender.
Durante el último siglo, la biología celular, la fisiología humana y la medicina metabólica han operado casi de manera exclusiva bajo un paradigma estrictamente bioquímico y fundamentado en la termodinámica clásica. Insuficiente. En este modelo imperante, el cuerpo humano ha sido visualizado y conceptualizado esencialmente como un motor de combustión interna biológico. Bajo esta premisa, los alimentos macronutricionales —principalmente los carbohidratos, los lípidos y las proteínas— ingresan al organismo como un combustible primario. A través de procesos de digestión y absorción, estos sustratos sufren procesos de oxidación sistemática y secuencial mediante la glucólisis citosólica, el ciclo del ácido tricarboxílico (TCA o ciclo de Krebs) en la matriz mitocondrial y, finalmente, la cadena de transporte de electrones (ETC) en la membrana mitocondrial interna. La narrativa clásica dicta que la energía calorífica e intrínseca liberada por la ruptura de los enlaces de carbono-carbono y carbono-hidrógeno de los alimentos se captura, mediante un acoplamiento quimiosmótico, en los enlaces fosfodiéster de alta energía de la molécula de trifosfato de adenosina (ATP). ¿Qué quiere decir todo esto? Que nuestra forma de estudiar la bioquímica y la bioquímica en sí misma, plasmada en libros de texto con círculos, flechas y esquemas simplones, ha dado lugar a uno de los mayores malentendidos de la historia. Ni el ciclo de Krebs es una rueda que gira, ni los alimentos son combustible, ni está sucediendo nada que podamos comprender con esta muy mala explicación. Algo más profundo debe modificarse en los libros de texto para que los profesionales tengan una mejor preparación, muy especialmente a la hora de transmitir este conocimiento sagrado. ¿Por qué?
A medida que las herramientas de medición biofísica y la microscopía subatómica han avanzado, han comenzado a surgir anomalías críticas y discrepancias matemáticas en la eficiencia metabólica observada in vivo. Los recientes descubrimientos sobre la electrodinámica cuántica del agua intracelular, las observaciones sobre la interacción directa de la radiación electromagnética (luz) con los sistemas enzimáticos biológicos, y el análisis isotópico de los metabolitos han puesto de manifiesto las severas limitaciones explicativas y predictivas de este modelo puramente químico. La investigación de vanguardia en la intersección de la biología cuántica, la física teórica y la medicina bioenergética sugiere una hipótesis disruptiva: el alimento no es el generador exclusivo, ni siquiera el primario, de la energía termodinámica que sustenta y propulsa el estado vivo.
No vamos a decir que el alimento no proporciona energía, porque es probable que una pequeña parte de nuestros niveles de energía sea aportada por lo que entra por la boca. Pero sí que es muy posible que, bajo ciertas condiciones del mundo moderno, muy especialmente el ambiente de luz moderno, con frecuencias desbalanceadas ricas en azul y pobres en rojo e infrarrojo, el alimento esté incluso disminuyendo los niveles de energía. Uno piensa rápidamente: si con cada bocado perdemos energía, entonces deberíamos estar muertos. No es tan sencillo; no es así como funcionan las cosas. Comer y procesar cada una de las moléculas es un proceso que requiere un gasto enorme de energía. Lo que el cuerpo hace con esas moléculas ingeridas es aún muy difícil de cuantificar. Pero aquí te vamos a dar muchos datos que desconocías y que te situarán un poco más cerca de la verdad sobre lo que en realidad ocurre. La mayor parte de la energía viene de otra fuente, y esta es la luz. Debes comprender que para que dos moléculas interactúen debe intercambiarse energía electromagnética y esta es precisamente la definición de la luz. Por tanto, la luz externa, la del Sol y el electromagnetismo terrestre, pueden estar aportando la mayor parte de la energía que tu sistema necesita para estar vivo y no la comida. Es por eso que el ambiente de luz define tu salud mucho más que lo que comes. Ya sabes, porque lo hemos explicado en nuestra guía sobre el metabolismo y la obesidad, que incluso cuándo comes importa más que qué comes. Evidentemente, la Naturaleza lo tuvo todo en cuenta: comer aporta energía pero también supone un gasto enorme. La función de la comida debe ser, pues, muy importante. Pero no es la que crees. La luz debe regir tanto la alimentación, como la transformación de la energía del entorno en energía útil para el mundo celular. No solo eso, debe dirigir los nutrientes y también la energía hacia el lugar correcto dentro de todos los tejidos y sistemas que forman el ser humano.
Te vamos a poner un ejemplo que quizás te aporte «algo de luz» y puedas empezar a ver que no vamos nada desencaminados. Todo el mundo piensa que la energía es “estar cansado o no”. Bien, según eso, comer una fabada asturiana, típica de nuestra región, te roba energía, pues después de comerla uno solo quiere echar una siesta. También cualquiera puede comprobar que si se come un pedazo de carne sin carbohidratos, poca cosa, uno no experimenta ese robo. Pero si se come demasiado, de nuevo las ganas de siesta. Nosotros queremos que enfoques el problema de la energía, no de esta manera, sino de otra muy diferente. Tener energía no consiste en estar cansado o no, aunque puede ser un síntoma. Y frecuentemente después de las comidas nos sentimos cansados. ¿Por qué? ¿Es posible que comer suponga un gasto mayor que el propio aporte? ¿Has comparado alguna vez cómo se siente una comida copiosa en una playa frente a la misma comida cenada de noche a la luz LED de tu casa? ¿Has comparado esas diferencias? Insistimos: estar cansado o no, no es el acercamiento correcto para la comprensión de lo que sostiene los niveles de energía en tu cuerpo. Ahora, con el ejemplo que te prometimos, lo verás más claro:
Los infames doctores estrella de la medicina Rockefeller te cuentan que, inevitablemente, tus arterias comienzan a desgastarse desde tu nacimiento. Y con cada década de vida, el desgaste, la “erosión”, aumenta irreversiblemente. Esta afirmación se la oímos por ejemplo al doctor, ahora conocido pervertido “amigote” de Epstein, Peter Attia, y a su colega y también gran amigo, Thomas Dayspring, un abogado del diablo “experto mundial” en lípidos. Contesta a esta pregunta: ¿Crees que la arteria de una persona que se deteriora tiene energía o, por el contrario le falta?
La respuesta está muy clara. Desde la perspectiva de la biofísica y la medicina mitocondrial, el deterioro crónico de un tejido estructural como una arteria es, en esencia, una crisis de energía local EXTREMA, independientemente de la inmensa cantidad de calorías que la persona pueda estar ingiriendo. De esto no cabe ninguna duda. Esta persona puede sentir la energía de un atleta de élite (a esto nos referíamos con lo del cansancio) y, sin embargo, tener una deficiencia energética enorme en muchos órganos, como las arterias. Además, el “robo” de energía entre órganos es un fenómeno fisiológico real que ocurre cuando el organismo opera bajo un presupuesto termodinámico deficitario. Esto se explica mediante tres principios:
- La reparación estructural es un inmenso sumidero de energía: El endotelio vascular (la pared interna de las arterias) y su delicado revestimiento protector (el glicocálix endotelial) están sometidos a un desgaste mecánico continuo debido al flujo de la sangre y la presión arterial. Reparar este daño exige una síntesis masiva y constante de proteínas, lo que demanda agua intracelular coherente, altísimas cantidades de ATP y funcionamiento mitocondrial óptimo. Si las mitocondrias locales en esa arteria están frenadas (por toxicidad de luz azul, falta de luz infrarroja o exceso de deuterio), la célula no puede generar la energía neta necesaria para reensamblar el tejido, y la arteria se deteriora, inflama y calcifica. Comer más alimentos no soluciona el problema porque el cuello de botella no es la falta de materia prima alimenticia, sino la incapacidad de la célula para generar el voltaje necesario para estructurarla.
- El “robo” de energía: Cuando la producción de energía neta celular es pobre, el organismo entra en un estado de racionamiento. El cerebro y el corazón acapararán la mayor parte del flujo de ATP y oxígeno. Para lograrlo, el sistema sacrificará a los órganos periféricos y los procesos de mantenimiento a largo plazo. Es decir, el cuerpo roba activamente la energía destinada a la reparación de la pared arterial, las articulaciones o la regeneración capilar para dársela a los sistemas críticos que te mantienen consciente y respirando.
- La digestión agrava el déficit local: Como el procesamiento de los alimentos (descomposición de macronutrientes, síntesis de enzimas digestivas, peristaltismo y metabolismo secundario en el hígado) impone un gasto energético obligatorio gigantesco, digerir una comida exige que una gran cantidad de flujo sanguíneo, oxígeno y recursos celulares se concentren en el tracto gastrointestinal. Si comes en un entorno artificial donde tu eficiencia mitocondrial ya es baja, el tracto digestivo monopolizará y “robará” los recursos del sistema. El saldo energético tras pagar el costo de la digestión no dejará excedentes, dejando a esa arteria deteriorada sin la energía libre necesaria para su reparación.
Hemos puesto el ejemplo de una arteria sin energía para repararse. Por mucho que uno coma, la energía no llega al lugar correcto debido a una mala gestión de la energía electromagnética. Tal y como dicen los idiotas útiles, al parecer, el humano moderno (a diferencia del salvaje que conoce cómo son las cosas) deteriora sus arterias con el tiempo y de manera irreversible a pesar de la abundancia de calorías. Es decir, la comida no parece estar aportando energía en este planeta microondas que vivimos por nuestras malas elecciones. Y la fuente de energía primaria, la luz solar, ha sido sustraída de nuestras vidas. No estamos diciendo que uno toma el Sol y ya no necesita comer. Eso no parece posible. Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que en un mundo natural, como el de hace 300 años para atrás, mucha menor cantidad de comida hubiera sido necesaria para “tener energía”. La energía necesaria para mantener los voltajes celulares, lo que importa, se alcanza con la luz natural y la oscuridad y no con la comida. Seguiremos proporcionando pistas.
En el lugar que la bioquímica otorgó a la comida en lo que respecta a la energía, emerge ahora un intrincado entramado conceptual donde el agua metabólica, el agua estructurada a nivel interfacial, la luz ambiental (específicamente en los espectros rojo e infrarrojo cercano), la melanina celular actuando como un semiconductor amorfo, y la optimización de los ritmos circadianos, asumen el papel de verdaderos motores bioenergéticos primarios del organismo. En este contexto radicalmente nuevo, los electrones y protones derivados de la ingestión de comida actúan más como materia prima estructural, moduladores isotópicos y vectores de información ambiental —un “código de barras” electromagnético del entorno ecológico, como diría acertadamente el Dr. Jack Kruse— que como fuentes autónomas de energía neta.
El propósito central de lo que te vamos a enseñar es desentrañar con exhaustividad clínica y rigor matemático las bases moleculares, termodinámicas y cuánticas de la energía corporal humana. Vamos a examinar para ti con detalle la profunda discrepancia entre el altísimo costo energético de la síntesis de biomoléculas y su aporte energético real. ¿Por qué? Queremos que comprendas por qué la luz roja e infrarroja y su interacción con las proteínas de la cadena transportadora de electrones y con el agua mitocondrial y celular, son el motor de la vida y de la energía. Nunca la comida.
3 comentarios en “La Era del Sol Rojo: Parte 4”
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Expectante .
En la serie de la leptina cayó el mito de la importancia del “qué comer” y parecer que va camino de caer el mito de “el alimento como sustento energético”. Me encanta esta serie. Deseando que continue y llegar al artículo largo. Muchas gracias
Para qué comemos?; Para suministrar a nuestras células los elementos necesarios para que hagan su trabajo correctamente.
Para fabricar las proteínas necesarias para un cuerpo de 65kg por ejemplo,
en condiciones correctas de luz roja e IR cercana y de luz artificial deberíamos ingerir entre 1,5 y 2 gramos de proteína por kilo de peso corporal por día, unos 100 gr/ día.
Si haces 3 comidas serían 33 gr/ comida/ todos los días.
Si haces 2 comidas, 50 gr.
Si haces 1 comida solo, debes ingerir 100 gr/todos los días. Esto para mí es una cantidad ialcanzable de alta.
Cómo podemos entender que comer esto nos va a quitar más energía de la que nos va a aportar?.
Entonces, cuántos gramos de proteína deberíamos comer para aportar a nuestras células los aminoácidos necesarios para hacer su labor correctamente?
Un saludo