
Una Historia sobre Electrones, Protones… y Neutrones
La Cadena de Transporte de Electrones (CTE), enclavada en la Membrana Mitocondrial Interna (IMM), es el altar donde la vida y la multicelularidad cobran sentido. Es el escenario de fenómenos físicos que fracturan la intuición clásica. La eficiencia de la fosforilación oxidativa, o respiración celular, no puede explicarse mediante simples modelos de colisión térmica browniana (ese movimiento caótico que experimentan partículas suspendidas en un gas o líquido, por ejemplo); depende de milagros físicos microscópicos. En este dominio impera el «efecto túnel» de la mecánica cuántica.
La transferencia de carga a través de los complejos proteicos de la IMM ocurre a distancias infranqueables para la física clásica. Pioneros como DeVault y Britton Chance demostraron que, en los sistemas biológicos, los electrones no «viajan» por el espacio: sus ondas de probabilidad se desvanecen en un centro donante para materializarse instantáneamente en un aceptor, superando barreras de potencial colosales.
Esto incomodó profundamente a todos los físicos clásicos, pues existe algo “más rápido” que la velocidad de la luz. En algunos experimentos se dispararon partículas. Algunas tenían trayecto libre hasta su destino. Otras debían enfrentarse a una barrera supuestamente infranqueable que se interponía entre el origen y el destino. Muchas nunca llegaban al final del trayecto, pero las que sorteaban el obstáculo lo hacían más rápido que las que no tenían ningún obstáculo y viajaban a la velocidad de la luz. ¿Cómo era esto posible? Sencillo, las que conseguían “traspasar” el obstáculo simplemente se “teletransportaban” de un lugar a otro (tunelización) de la barrera, con lo cual, ese tiempo era cero. Esta es la magia de tus electrones en la IMM.
El párrafo anterior, a decir verdad, no es riguroso. Y este es uno de los problemas a los que nos enfrentamos cuando personas que desconocen la mecánica cuántica, tratan de sacar sus conclusiones y aplicarla a todo… incluso al esoterismo. No es que no aplique, pero falta rigurosidad. Cuando lo leí por primera vez, lo leí tal cual está escrito en el párrafo de arriba. La realidad es esa, ciertamente, pero la explicación es mucho más compleja. Chiao, Steinberg y Kwiat, en 1993, realizaron un experimento en la Universidad de California. Dispararon fotones individuales emparejados. Hicieron competir a un fotón viajando por el espacio libre contra otro que debía atravesar una barrera (un filtro óptico multicapa opaco). Los resultados del laboratorio mostraron que el fotón tunelizado llegaba a su detector 1.4 femtosegundos antes que el fotón que viajaba libremente a la velocidad de la luz. Nimtz, un año antes, había obtenido resultados parecidos al medir señales que parecían haberse propagado a velocidades hasta 4.7 veces superiores a la de la luz. Sinceramente, me incluyo entre los que no tienen ni la más remota idea de lo que en realidad sucede, porque la explicación real, que anoté en su día y replico a continuación, no la entiendo completamente. Pero mi motivación fundamental es la rigurosidad:
El efecto Hartman o espejismo de la velocidad: Lo que describe el texto se conoce en física como el Efecto Hartman o tunelización superlumínica. El fenómeno del efecto túnel permite que una partícula atraviese una barrera de potencial clásicamente infranqueable, gobernado por la probabilidad matemática descrita en su función de onda. En 1962, Thomas E. Hartman descubrió que el tiempo que tarda un paquete de ondas en atravesar una barrera gruesa se asintotiza; se vuelve constante e independiente del grosor de la barrera. Esto implica, en apariencia, una velocidad de transmisión efectiva superior a la de la luz. La realidad física es que las partículas no se “teletransportan” en un tiempo igual a cero, ni la información viaja más rápido que la luz, salvaguardando así la sagrada causalidad de la Relatividad Especial de Einstein. La ilusión de la velocidad superlumínica surge de un fenómeno de remodelación del paquete de ondas. Al chocar con la barrera, la “cola” de la onda es fuertemente reflejada o atenuada, mientras que el “frente” del paquete logra filtrarse. El pico estadístico de la onda emergente se desplaza hacia adelante artificialmente, dando la falsa impresión de que la partícula llegó antes de tiempo, cuando en realidad solo estamos detectando a los “corredores adelantados” de ese grupo. Se entiende en parte por la dualidad onda-partícula. Es decir, que el ritmo al que se propaga una onda entera, no solo la cresta, es lo observado. Esta velocidad puede superar la velocidad de la luz en diversos medios, como los plasmas (el Sol), pero es estéril: una onda infinita sin principio ni fin no transmite cambios, no transporta energía y, por tanto, no comunica información. La información llega solo a la velocidad de la luz, con la onda completa. Lo que realmente pasa es que la barrera no acelera el paquete de onda, atenúa su cola. La amputa digamos. Al destruir la parte posterior de la onda, la cola, el nuevo pico estadístico resultante emerge desplazado espacialmente hacia adelante. El dato de laboratorio no es la transgresión de un límite físico, sino un artefacto estadístico (no como los que usan los manipuladores vendidos de la industria) nacido de una atenuación masiva. Es un espejismo esculpido por la pérdida.
Leyendo es evidente lo que quiere decir, pero si uno es riguroso consigo mismo, se da cuenta de que la física es demasiado compleja, que es prácticamente imposible de comprender con la mente humana. Que solo se puede experimentar cuando permitamos que algo superior en nosotros se manifieste. Lo cierto es que los electrones de la IMM no viajan entre las proteínas, sino que se tunelizan cuánticamente. ¿Puedes decir teletransporte? Es tan didáctico como impreciso. Al final, la partícula atraviesa una barrera imposible. La IMM (Membrana Mitocondrial Interna) entrelaza la frialdad de los laboratorios físicos con el latido vivo de la existencia. En el interior de nuestras células, la cadena de transporte de electrones sería un motor muerto sin el efecto túnel. Los electrones no poseen la energía termodinámica suficiente para saltar “clásicamente” las vastas distancias entre los complejos proteicos respiratorios. En su lugar, sus ondas de probabilidad se extienden a través del abismo molecular. Se desvanecen de una enzima y cristalizan en la siguiente, en fracciones de tiempo infinitesimales. No viajan más rápido que la luz, pero desafían la intuición del mundo macroscópico para encender, túnel tras túnel, la síntesis de agua metabólica y ATP: la batería de la existencia. Es un recordatorio de que somos, en nuestra arquitectura más íntima, criaturas moldeadas por la incertidumbre de la mecánica cuántica.
En la mitocondria, este efecto túnel de electrones es vital, particularmente en el Complejo I (NADH deshidrogenasa) y en el flujo a través de la coenzima Q10, hacia los Complejos III y IV. La dinámica conformacional de las proteínas facilita esta tunelización al acercar temporalmente los centros redox, pero la eficiencia del salto cuántico es extremadamente sensible a las perturbaciones dinámicas y al ruido electromagnético del entorno.
Esta última frase es absolutamente impactante. Está por toda la literatura científica de rigor. Es posible que si estás acostumbrado al contenido STRO, sepas ya de lo que estamos hablando. La comida es nada por sí sola. Aunque sea la más orgánica y saludable del planeta. Una vez destripada en electrones y protones, lo que usa la mitocondria, debe ser refinada por última vez. Esta transformación de la comida depende de la luz (electromagnetismo) en su etapa crítica final. Puedes hacer todo bien, que si tu ambiente de luz es malo, la comida se indigesta en el último paso. No te hace vomitar, porque ya es tarde, pero inicia el enfermedad crónica silenciosa. La frase contiene otra pista que debería hacerte reflexionar: la eficiencia del salto cuántico, es decir, de la capacidad de hacer energía en tu cuerpo, es destruída por los campos electromagnéticos artificiales, incoherentes, de intensidades inferiores a un cero y seis ceros más detras de la coma. También es aniquilada por la luz azul aislada del rojo y del infrarrojo, como lo es la artificial.
Y sí, la comida tiene muchas funciones. Aporta materia prima al mundo instintivo. Ya sabes, vitaminas, minerales, aminoácidos, ácidos grasos… material de construcción. ¿Pero energía? La energía de la comida no puede ser usada por tus células. Para ello debe ser transducida en otro tipo de energía, agua y ATP, en tus mitocondrias. Y para ello el salto cuántico, la tunelización de electrones (y de protones), debe ser efectiva. ¿De qué depende su efectividad? De la luz roja y de la luz infrarroja. Esa que es tremendamente deficitaria en interiores. Uno puede ser anabólico, construir músculo y creer que el fitness tiene la última palabra. Error letal. Células clave en las arterias, corazón y sistema nervioso central, pueden estar terriblemente enfermas aunque tu físico sea el de una estátua griega. La energía depende de la luz que recibes, más en concreto de la parte roja del espectro. ¿Por qué? Esto es lo que vas a aprender durante las próximas semanas.
Aún más extraordinario es el efecto túnel de protones. Aunque el protón es aproximadamente 1836 veces más masivo que el electrón, la biología cuántica reconoce que estas partículas también exhiben un comportamiento ondulatorio descrito por funciones de onda. Para mantener la producción de ATP, se bombean muchos más protones que los electrones que pasan por la cadena. Los protones del espacio intermembrana (IMS) enfrentan la inmensa barrera de energía hidrofóbica de la bicapa lipídica de la IMM. Los modelos matemáticos de la tunelización iónica demuestran que el campo eléctrico intrínseco a través de la IMM reduce la altura de esta barrera, permitiendo que el flujo de protones (protio y no deuterio) atraviese hacia la matriz a través del estator de la enzima F1FO-ATP sintasa (Complejo V) mediante tunelización cuántica. La energía cinética derivada del entorno biológico térmico, sumada al potencial eléctrico transmembrana, dicta la probabilidad de que el protón atraviese con éxito la barrera cuántica.
¿De dónde proceden esos protones? Sin duda de las estrellas, pero más cercano a este plano de la existencia, de la comida y de la bebida. El viaje de esos protones, la partícula más antigua y abundante del Megalocosmos, hasta las crestas de tu membrana mitocondrial es una odisea de alquimia biológica:
- La inmensa mayoría de los protones que bombean los motores de tu respiración celular son arrancados sistemáticamente de los enlaces carbono-hidrógeno de la materia orgánica que ingieres (azúcares, lípidos y proteínas). Durante la glucólisis, la beta-oxidación de las grasas y el ciclo de Krebs, las enzimas deshidrogenasas «fracturan» los sustratos metabólicos. Extraen el hidrógeno íntegro y lo transfieren a las coenzimas transportadoras, reduciendo el NAD+ a NADH + protio (H+) y el FAD a FADH2. Estos vehículos navegan hasta la membrana interna para descargar su preciada y volátil carga. Hasta aquí la comida.
- En cuanto al protón que viaja en el agua, debes saber que la matriz mitocondrial es un denso «caldo» acuoso. El agua que bebes, sumada al agua que tus propias células fabrican, se disocia en un equilibrio constante e infinito (H2O <—> H+ + OH-). Cuando los complejos proteicos (I, III y IV) se energizan con el paso de los electrones (por efecto túnel), actúan como bombas peristálticas a escala nanométrica. No solo expulsan al espacio intermembrana los protones entregados por el NADH; también secuestran y bombean los protones libres que ya flotan en el pozo acuoso vibrante de la matriz.
Pero, en última instancia, esos protones descienden de la luz. El protio que hoy arde en el «horno de tus células» fue anclado previamente en una hoja verde. La radiación solar, a través de la fotosíntesis, fracturó moléculas de agua en la planta para fijar esos hidrógenos en la glucosa que luego tragaste, o que comió el animal que forma parte de tu dieta. Somos, literalmente, consumidores de luz solar destilada.
Solo recordar que el átomo de hidrogeno más común en la biología, la materia prima de tus mitocondrias para generar agua metabólica, no tiene neutrón. Se denomina protio. El átomo completo que te enseñaron de manera simplista y siempre dando lugar a equivocación, con su neutrón, se denomina deuterio. Tiene el doble de masa (aprox) que el protio y, a escala atómica, es una diferencia brutal. Hablaremos mucho del deuterio.
Existe una confusión masivamente generalizada sobre qué produce energía en el cuerpo. Ya te hemos explicado que la teoría del ATP es falsa hasta el extremo. Todos los profesionales de la salud, casi sin excepción, creen que la energía del cuerpo es ATP. Esto es un error de bulto, pues implica el desconocimiento de los principios básicos de la biología. Todas las reacciones químicas necesitan energía para llevarse a cabo. Esa es la energía que importa y la que debe ser explicada. La energía de tu cuerpo tiene como base la luz solar y el magnetismo terrestre. El agua de tus mitocondrias y células es el medio en el que ocurre el milagro de la vida. El estado del agua resulta vital, pues puede propiciar el intercambio de sustancias sagradas o bloquearlo. Por tanto, tus mitocondrias hacen agua metabólica en el complejo IV gracias a los electrones de la comida y al oxígeno que respiras y, esto es lo más importante, todo este proceso depende de la luz que baña tu piel y tus ojos. Te adelantamos que el rojo y el infrarrojo transportan la parte más importante en el milagro de la energía mitocondrial. Por eso llamamos a esta serie “La Era del Sol Rojo”. Ese Sol que falta en tu vida de interiores.
